Está sentado en la mesa pero tiene la mirada en el teléfono. Responde con monosílabos. Se irrita por cosas pequeñas. Dice que está cansado, pero el cansancio ya lleva meses y ya no parece solo cansancio.
Esto les pasa a millones de familias en México. No es una crisis de pareja ni un problema de carácter. Es el trabajo que se cuela a casa y ocupa el espacio que debería ser de la familia.
México está entre los países con peor balance entre vida laboral y personal en el mundo. Eso no es un dato frío: es tiempo robado a los hijos, a la pareja, a uno mismo. Es llegar físicamente a casa pero seguir mentalmente en la oficina. Es acostarse pensando en el pendiente y levantarse con la ansiedad del día que comienza.

Las familias lo sienten aunque no siempre lo nombren. Los hijos aprenden a no molestar a papá o a mamá cuando llegan del trabajo. La pareja aprende a no preguntar. Y poco a poco, la convivencia se vuelve coexistencia.
El problema no es que el trabajo sea importante. Es que cuando el agotamiento laboral crónico entra a casa, transforma la dinámica familiar de maneras que tardan mucho en repararse.
¿Qué se puede hacer? Primero, nombrarlo. Reconocer que el agotamiento que traes del trabajo está afectando a las personas que más quieres no es debilidad, es honestidad. Segundo, crear límites pequeños pero reales: una hora sin teléfono, una cena sin hablar de trabajo, un fin de semana donde el trabajo no exista.
La familia no necesita que seas perfecto. Necesita que estés presente. Y eso, a veces, es la cosa más difícil y más importante que puedes hacer.
Por: Equipo T2S1
