Hoy es 10 de mayo. Y muchas mujeres reciben flores que no son para ellas, aunque deberían. Son las otras madres. Las que criaron sin parir. Las que se quedaron despiertas con un bebé que no salió de su cuerpo. Las que pagaron uniformes, prepararon loncheras, fueron a juntas escolares, curaron raspones y firmaron boletas, aunque en el acta de nacimiento aparezca otro nombre.
Son las abuelas que criaron al nieto cuando los padres no pudieron, no quisieron o ya no estaban. Son las tías que dijeron «me lo llevo yo» sin pensarlo dos veces. Son las hermanas mayores que a los 12 años ya hacían de mamá de tres hermanitos porque alguien tenía que hacerlo. Son las madrinas que cumplieron en serio lo que prometieron en la fiesta del bautizo.

Hay un dato que casi nadie maneja. Según el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, 28 de cada 100 hogares familiares en México son ampliados o extensos, es decir, integrados por abuelos, tíos, primos y otros parientes. En muchos de esos hogares, son las abuelas, tías y hermanas mayores quienes ejercen la maternidad de hecho. A esto se suma una cifra dolorosa: solo durante la pandemia, 131,325 menores en México perdieron a su madre, padre o ambos por COVID-19, lo que colocó al país en el primer lugar de América Latina en orfandad pandémica. Muchos de esos niños quedaron al cuidado de abuelas, tías y mujeres de la familia extendida.
Lo difícil de ser una «otra madre» no es solo el cansancio físico. Es la invisibilidad emocional. Es no recibir el «feliz día» sin asterisco. Es escuchar «no es tu hijo» cuando alguien quiere ponerla en su lugar. Es no aparecer en los discursos, ni en las campañas, ni en las películas. Es un amor que no tiene foto oficial.
También tiene un costo en salud mental que rara vez se nombra. Las otras madres cargan duelo ambiguo: ejercen maternidad, pero sin permiso social pleno. Aman como mamás, pero a veces tienen que callar como si no lo fueran. La ambigüedad emocional desgasta más que cualquier jornada doble.

Y, sin embargo, lo hacen. Porque hay un niño que necesitaba quedarse en algún lado. Porque el amor no espera papeleo. Porque en el fondo, ser madre siempre fue mucho más un acto que un parto.
Hoy, en este 10 de mayo, vale la pena mirar alrededor y nombrar a esas mujeres. La abuela que crió a tu primo. La tía que se hizo cargo. La hermana mayor que sostuvo la casa. La madrina que sí cumplió. Una flor, una llamada, un «gracias». Llevan años esperando que alguien las mire.
Las otras madres también son madres. Hoy y todos los días.
Equipo de T2S1
