Preguntar no incrementa el riesgo, que tu silencio no mate.

Existe una creencia extendida —y peligrosa— entre padres, madres y docentes: que preguntarle directamente a un niño o adolescente si ha pensado en quitarse la vida puede «darle la idea». La evidencia clínica dice lo contrario. Preguntar de forma directa y calmada no incrementa el riesgo; lo que sí lo incrementa es el silencio, porque deja al menor procesando la idea en completo aislamiento.

La forma importa tanto como el contenido. No se trata de un interrogatorio ni de una reacción de pánico visible, sino de preguntas concretas hechas sin juicio: ¿has pensado en morir? ¿has pensado en hacerte daño? ¿tienes un plan? Estas preguntas, usadas en protocolos clínicos de detección, no son alarmistas: son la manera más directa de saber si un menor necesita intervención inmediata o acompañamiento sostenido.

El error más común de los adultos no es preguntar mal. Es no preguntar, por miedo a «empeorar las cosas» o por la fantasía de que ignorar el tema lo hace desaparecer. En un país donde nueve de cada diez intentos de suicidio ocurren dentro del hogar, el adulto más cercano suele ser también quien tiene la primera y mejor oportunidad de intervenir.

Recurso: Línea de la Vida 800 911 2000 | SAPTEL 55 5259 8121

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