El estrés sostenido y los duelos no atendidos

Hay una idea cómoda y falsa: que el dolor emocional se queda en la mente. La investigación reciente la desmonta. Estudios de instituciones como University College London, el Instituto Karolinska y Harvard muestran que el estrés crónico altera el sistema inmunitario y que la depresión produce efectos fisiológicos comparables a los de enfermedades inflamatorias. La emoción no procesada no desaparece: cambia de domicilio y se instala en el cuerpo.

El duelo es el ejemplo más claro. Cuando una pérdida no se elabora —la muerte de un ser querido, una separación, el fin de una etapa— el organismo sostiene una tensión que no cede. Aparecen entonces síntomas que parecen ajenos al origen: insomnio, fatiga persistente, dolores sin causa aparente, mayor vulnerabilidad a infecciones. El cuerpo lleva una contabilidad precisa de lo que la mente prefiere posponer.

Esto tiene una consecuencia práctica para la vida laboral. El estrés sostenido y los duelos no atendidos no se quedan en casa: se traducen en agotamiento, errores, ausentismo y enfermedad. Pedir tiempo para procesar una pérdida no es debilidad ni un trámite menor; es prevención de salud física tan legítima como atender una lesión.

La buena noticia es que la cuenta se puede saldar. Reconocer la emoción en lugar de silenciarla, hablar de la pérdida, buscar acompañamiento profesional cuando el malestar se prolonga y dar permiso al descanso son formas concretas de cerrar el ciclo. Procesar lo que duele no es un gesto de fragilidad: es una decisión de salud.

Equipo de T2S1

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