En 1999 todo México cantaba Sexo, pudor y lágrimas. No era una canción de moda: era el himno de una generación que salía al mundo. El hombre que la escribió no tiene nada que demostrar. Ya lo demostró.
El nombre artístico viene del sintetizador. De joven no tenía dinero para comprar teclados y se los pedía prestados a sus amistades, que empezaron a decirle «el sin teclados», y de ahí salió Syntek.
El 15 de septiembre de 2026, ese mismo hombre se quebró frente a diez mil personas. Dejó de cantar, reclamó, se enojó, se fue. El país lo convirtió en meme en menos de una hora. Cuatro días después dijo públicamente que cometió un error grave, que no supo manejar la crisis, y que dijo cosas que no debió decir.
Y el país siguió riéndose.

Esa es la parte que nadie está viendo. No la de él. La nuestra.
Porque la pregunta incómoda no es si Syntek exageró. Es por qué nos sale tan natural reírnos de un hombre que se rompe, y tan difícil indignarnos con lo que sí debería indignarnos.
En PISA 2025 México quedó en el lugar 64 de 91 países. Entre los 38 países de la OCDE, en el 37 de lectura y ciencias. Siete de cada diez estudiantes de quince años no alcanzan el nivel básico de matemáticas. Uno de cada doscientos llega a los niveles altos; en la OCDE son doce de cada cien. Es el peor resultado en veinte años. No salió en tendencias.
De enero a julio de este año fueron asesinadas 1,250 mujeres en México. Sólo 380 de esos casos se investigan como feminicidio. Los otros 870 se procesan como si el género no tuviera nada que ver. Tres de cada diez. No salió en tendencias.

Hay 132,534 personas desaparecidas en el registro nacional. En los últimos veintidós meses se sumaron 59,475. El grupo con más reportes son mujeres de quince a diecinueve años: 7,948 adolescentes. No salió en tendencias.
El INEGI contó 27,989 muertes por homicidio en 2025. Las fiscalías reportaron 24,344. Faltan más de tres mil quinientos cuerpos entre una cifra y la otra. Nadie explicó la diferencia. No salió en tendencias.
Y 280 niñas y niños de entre diez y catorce años se quitaron la vida en un año. Uno cada treinta y una horas. Entre los diez y los diecisiete, fueron 727. La tasa se duplicó en veinticinco años.
Eso tampoco salió en tendencias.
Normalizamos que un empresario exhiba sus excesos mientras no paga el reparto de utilidades ni una liquidación completa. Normalizamos que alguien pague millones por un plátano pegado a una pared y que le avienten sopa a un Van Gogh. Normalizamos que la corrupción se llame viveza y que la traición se llame estrategia.
Pero no normalizamos que un hombre de cincuenta y seis años llore de frustración en un escenario. Eso sí nos pareció escandaloso. Eso sí nos pareció material.

No estamos defendiendo lo que dijo. Él mismo ya dijo que estuvo mal. Estamos señalando lo otro: que somos un país con reflejos invertidos. Nos indigna el que se quiebra y nos deja indiferentes el que nos roba. Nos burlamos del que pierde el control y no del que pierde a un hijo.
En Todos Somos Uno llevamos quince años diciendo lo mismo: la gente no se rompe de un día para otro. Se rompe cuando nadie la ve romperse. Y cuando por fin se rompe en público, lo que recibe no es ayuda. Son capturas de pantalla.
¿Esto es normal?
No. Y el día que dejemos de tratarlo como normal, empezaremos a salvar vidas.
Si tú o alguien cercano está pasando por un momento difícil: Línea de la Vida 800 911 2000 · SAPTEL 55 5259 8121
