Qué sabe nadie


Todo el mundo cree conocer los sentimientos de los padres de personas con discapacidad severa y gran dependencia y en consecuencia, muestran conmiseración, más o menos, dando por sentado su desdicha sin remisión, lo que en demasiadas ocasiones responde a una simplificación, negándoles toda posibilidad de aceptación enriquecedora ante la situación de sus hijos. Como en la copla flamenca habría que sentenciar: qué sabe nadie.

Cuantas ligerezas se escuchan; en definitiva, fruto del mecanismo de proyección, que lleva a atribuir a los demás reacciones nuestras. En lugar de ponernos en actitud de observar aquello que se encuentra delante de nuestras narices y de escuchar las palabras de cariño y respeto con que lo rodean, muchos se empeñan en ver sólo negrura donde hay luz…

En un mundo que se burla de costumbres del pasado, cuando se buscaban sacrificios voluntarios ponerse cilicios, o piedrecitas en los zapatos, en aras de una religiosidad, mejor o peor entendida, mientras hoy se llenan de aros, clavados en los labios, la lengua y en lugares más insospechados, intentando no sé qué, o se someten a duras dietas sin sentido, más estrictas que los ayunos y abstinencias por motivos superiores, juzgados con desprecio por los ascetas laicos de estos días.
Se trata, al parecer, de hacer lo que le venga en gana a cada uno, sin ton ni son con frecuencia. En cambio, se tiende a no aceptar que las personas con discapacidad puedan ser acogidas con los brazos abiertos y actúen como agentes de felicidad.

Menuda sociedad estúpidamente sabihonda con olor a cómic de poca monta.


Autor: Manuel Gómez Ortiz, Polibea.

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