La educación en la fé

Como todos los años, durante los meses de mayo y junio muchos niños hacen su Primera Comunión. Otros, mayores, reciben el sacramento de la Confirmación. También los niños con síndrome de Down. Nos han llegado fotos, recordatorios, anécdotas y relatos de muchos de ellos. Aprovechamos estas experiencias vividas recientemente por tantas familias para exponer el tema de la Educación en la fe.

Las personas con síndrome de Down, igual que las demás, tienen derecho a una educación integral. Para las familias cristianas el aspecto de la educación en la fe debe afrontarse con responsabilidad en el más amplio sentido del término: responder ante Dios de unos hijos concretos que les ha confiado; responder ante los propios hijos de todo lo que han puesto de su parte, como padres, para conseguir el desarrollo integral de sus personas; responder ante la Iglesia por esos hijos que introducidos en ella por el sacramento del Bautismo, deben seguir formando parte activa del Pueblo de Dios; responder ante la sociedad en general, porque tienen que dar testimonio de su ser y vivir en cristiano todas las realidades humanas: incluida la de su hijo con síndrome de Down.

No vamos a exponer en este artículo todo lo relacionado con el tema, sólo señalaremos algunos aspectos que, en ocasiones, no se tienen en cuenta. El primer punto es destacar que la educación en la fe es una tarea que debe realizarse desde que el niño es muy pequeño y debe durar toda la vida. Esa educación supone: el ejemplo de una vida cristiana, la enseñanza de unos contenidos doctrinales y el fomento de una vida de piedad. Ello conlleva esfuerzo, preparación y dedicación por parte de los padres. Será necesario adaptar los contenidos, los métodos y las vivencias y prácticas de piedad a cada etapa evolutiva del niño.

En cuanto a la recepción de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, no es cierto que las personas con deficiencia mental no deban ser admitidos porque «no saben lo que hacen» o porque «son inocentes y no los necesitan». Tampoco es cierto que deban recibirlos porque es costumbre social. Lo cierto es que los niños y jóvenes con síndrome de Down tienen derecho a recibir los sacramentos porque son hijos de Dios por el Bautismo, con una llamada a la santificación personal usando los mismos medios establecidos por Jesucristo para todos. Negarles la capacidad de elegir entre el bien y el mal, es negarles nosotros «su» libertad, su mérito. Es hacerles más deficientes. Es utilizar criterios exclusivamente humanos.

La Iglesia es quien tiene autoridad y potestad para señalar las condiciones necesarias y así lo ha establecido en el Decreto «Quam singulari». Resumimos las condiciones mínimas para que un niño sea admitido en los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía:

1. Iniciación en los misterios de la fe.
2. Comienzo de la edad de la razón o discreción y
3. Distinción entre el Pan Eucarístico y el pan normal o común.

Que nuestros hijos alcancen ese nivel exige una preparación especial, más intensa y con medios adecuados. Todos debemos esforzarnos para que cada vez sea mayor el número de niños con síndrome de Down que lleguen a adquirirlo. Desde estas páginas felicitamos a Jesús Manuel, Elsa, Jasmi, Ana, Macu y Abraham, todos ellos de Cantabria, que han hecho este año su Primera Comunión.

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