La generación X aprendió a aguantar. Los millennials aprendieron a ponerle nombre. Ninguno de los dos está descansando.
En la encuesta más grande que se hace cada año a millennials y generación Z, con 22,595 personas de 44 países, el 45% de los millennials dice sentirse quemado por el trabajo. Tres de cada diez viven ansiosos o estresados la mayor parte del tiempo. El 54% reporta fatiga digital: notificaciones, plataformas, mensajes a todas horas. Y casi seis de cada diez temen vivir al día, de quincena en quincena.
Hay un dato que debería preocupar a cualquier director: apenas el 6% pone el liderazgo como su principal meta profesional. Entre los millennials que no buscan un puesto de mando, el 49% dice que la razón es el estrés y el desgaste. No es que no quieran crecer. Es que vieron lo que le pasó a quien creció antes que ellos.
¿Y la generación X? En Estados Unidos, el 58% de los millennials reporta burnout; en la generación X, el 53%. Cinco puntos de diferencia. Casi lo mismo. La diferencia no está en cuánto se queman, sino en cuánto lo dicen.
La generación X creció con la idea de que quejarse era de débiles, que el trabajo duro todo lo cura y que la salud mental era un tema de otros. Hoy está entre los cuarenta y los sesenta años, cuidando hijos y padres al mismo tiempo, en puestos de presión y con la amenaza de quedar fuera del mercado. Su burnout no hace ruido. Se ve en la presión alta, en el insomnio, en la copa diaria, en la renuncia que nunca llega.

Mientras tanto, el compromiso laboral en el mundo bajó al 20%, su nivel más bajo desde 2020. Desde 2022 el burnout está reconocido como un fenómeno ligado al trabajo, y en México la NOM-035 obliga a las empresas a identificar y prevenir los factores de riesgo psicosocial.
La obligación existe. Lo que falta es la conversación.
El problema nunca fue la generación. Es una forma de trabajar que dejó de funcionar para todas.
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