Suicidio y psicología del suicida

Psicología del suicida

Para los que piensan a menudo en matarse como alternativa a una salida, como una resolución de sus conflictos… dijo Alex Dey: “los felicito”, porque quien piensa en suicidarse está en el fondo de la piscina y el fondo de la piscina es el mejor lugar para estar, porque hay un solo sitio hacia donde ir: hacia arriba. Tienes todo por ganar y nada por perder.

Ahora, hay dos alternativas: o nos dejamos morir ahogados por nuestros problemas, es decir nos matamos de una vez, o salimos a flote despedidos como lo hacen los delfines o las orcas.
No hay otra opción.

Si le dan una oportunidad a su potencial, a ver a dónde puede llevarlos y si no puede llevarlos a ningún sitio, ¿qué les interesa? Si realmente no le temes a la muerte, ya que estás dispuesto a suicidarte, ¿qué temor le tendrías a algo tan insignificante en magnitud como el fracaso?

El error de creer que quien dice que se va a matar no lo hace:
El intento suicida solo recientemente ha recibido una atención prudente. Se solía tratar como simulacro de suicidio, indigno de un interés especial. Hasta que se corroboró que el setenta y cinco por ciento de los pacientes que se suicidaban habían dado aviso a alguien de la determinación que iban a tomar, por lo que la suposición de que la gente que dice que va a suicidarse no lo hace, es un delicado error. La tres cuarta parte de la gente que dice que lo hará: lo hace. Es decir que de cada cuatro personas que dicen que se van a matar: tres lo hacen.

Comencemos por no taladrar nuestro cerebro con la idea del suicidio, como tampoco a desestimar la advertencia de alguien cercano, acerca de suicidarse.

Los mensajes:
Por lo general los mensajes suicidas contienen expresiones de amor u odio, más que explicaciones engañosas del por qué de su determinación. Casi nunca salen a la luz los verdaderos motivos.
Las cartas que dejan los suicidas confirman la importancia de la agresión contra los otros en la motivación del suicidio. Especialmente el motivo de venganza y también el deseo de ser amado aun después de la muerte. Los que las escriben parecen estar profundamente interesados en lo que va a suceder después de su muerte como si fueran a seguir viviendo para participar en los sucesos. Este último dato demuestra que el ser humano es incapaz de asimilar implícitamente la idea de su desaparición de este mundo.

Los más propensos:
Las tasas de suicidio marcan su máximo esplendor entre personas con ocupaciones profesionales o administrativas, hombres de negocios y ejecutivos. Los médicos y odontólogos figuran entre los grupos más propensos al suicidio. Entre todos estos hay un alto índice de no haber escogido por ellos mismos las carreras que querían, sino por presión de sus padres, o por lo que se suponía se esperaba de ellos; siempre hablando de estadísticas.

Las fechas:
Nuestro tiempo –psicológicamente– ha sido denominado la era de la ansiedad. Esta norma es la que supuestamente nos arrastra a estar rodeados o sumergidos en sus fauces y converger en su desencadenante. Las estaciones de más alto índice de suicidio no son el otoño y el invierno, cuando la naturaleza está en su máxima depresión, sino en primavera y comienzos del verano, cuando está en su apogeo
y la vida reboza de ostentación y colores. Quizás se deba a que en tales etapas, en las que el mundo se encuentra feliz, el suicida se siente excluido, apartado y negado a esa felicidad, por lo que le es insostenible cargar con su existencia. La enfermedad depresiva es más común en primavera que en el resto del año.

Los motivos:
Vamos a romper con el mito casi cómico que dice “se mató porque lo dejó la mujer” o “se mató porque no le pagaron lo que le debían”. Hay siempre más de una razón para un acto suicida, cualquiera que sea o pueda parecer su desencadenante o el motivo manifiesto. Si la gente se matara solamente porque está cansada de vivir, o si pusiera en peligro su vida sólo para obtener compasión, la pregunta no sería
¿por qué hay tantos suicidios? sino ¿por qué hay tan pocos? Los motivos que se esconden detrás de cada acto, que raramente son enunciados con claridad por el actor mismo, dado que algunos de sus elementos más importantes permanecen en el inconsciente, son determinantes a la hora de ejecutar o posponer el suicidio. A veces dos personas se suicidan juntas. Aunque las notas dejadas casi siempre afirman que la decisión fue compartida, la iniciativa habitualmente deriva de una de las partes y la otra parte se deja convencer. El incitador suele sufrir una enfermedad depresiva y genera un notorio efecto depresivo sobre su entorno. El suicidio es por lo general un medio para obligar a los otros a expresar su amor incluso después de la propia muerte. Los individuos con personalidad histérica, tienden a reaccionar a la frustración con síntomas físicos o con anormalidades transitorias en los estados mentales, como pérdida de la memoria, delirio de fatiga, etc. Estas personas tienen un insaciable deseo de demostración de amor y atención por parte de sus congéneres y algunas veces utilizan el efecto del acto suicida con dicho propósito.

De regreso a la vida:
Un altísimo porcentaje de las personas que se habían suicidado o que lo habían intentado presentaban en su historial un hogar deshecho en la infancia, o algún evento traumático durante la niñez. Por eso, romper las barreras de una infancia traumática como de cualquier cosa, sirve para que nada de lo que hayamos vivido nos impida tener la vida que quisiéramos; hasta ahora fuimos eslabones de una cadena que forjó esta sociedad, nuestros padres, etc.; ya no. Este es el momento de decidir por nosotros mismos acerca de que haremos en adelante. Por lo general la persona que pierde los brazos o las piernas no acaba, ante este hecho, por suicidarse. Si antes era una persona alegre y jovial, seguirá siendo de la misma manera, pero sin piernas o brazos. No obstante, si nos interrogan sobre qué haríamos si nos cortan las dos piernas, muchos dirían: “yo me mato”. Pero la realidad es otra. Los impulsos agresivos dirigidos contra uno mismo en un estallido emocional o nervioso, pueden generar un desahogo beneficioso para el estado mental de un individuo, es decir que puede descargar todos los procesos negativos generados por tensiones reprimidas, depresiones enmascaradas, ataques de ira, etc., y de ese modo reestablecer el equilibrio emocional. Por eso durante el período de guerra, baja notablemente el índice de suicidio.
Es probable que se deba a una redirección de los impulsos agresivos y a la no represión de la ira, volcada únicamente en un enemigo común. Podríamos decir que en estado de guerra –si descartáramos las fobias bélicas, el hambre y las muertes– los seres humanos gozarían de uno de los más altos estados de euforia y felicidad, ya que los espíritus se permiten odiar sin ningún tipo de tapujos ni
contenciones. En el suicidio juega desde lo profundo un deseo de promover un cambio en los sentimientos de otra persona hacia uno, aunque sólo sea póstumamente, y muchas veces el impulso a indagar al destino mediante la ordalía o juicio de Dios, que supone por ejemplo, que si yo juego a la ruleta rusa, si muero es porque Dios no me quiere en la Tierra.

Balance suicida:
Que una persona mire hacia atrás en su vida, diseñe el balance de las pérdidas y ganancias, averiguando mediante el mismo que se encuentra en bancarrota y se suicide, no es lo más común que suceda.
Sin embargo algo similar puede circular por la mente de un depresivo en la que predominan los sentimientos mórbidos de culpa y desprecio por sí mismo, pero es improbable que una persona que está mentalmente enferma, (cabe la aclaración que una persona que se suicida, al menos en ese segundo está mentalmente enferma, ya que se suspenden sus impulsos de conservación) actúe de manera tan racional.

En los campos de concentración, sin embargo, no aumentan los suicidios; la principal función del suicidio es la evasión de la vida. En un lugar donde prevalece la muerte, la evasión se logra viviendo. O sea que hasta en esos aspectos extremos, el humano es caprichoso y el suicidio no depende de la situación ni del
balance catastrófico que hagamos de ella. En la población carcelaria ocurren suicidios o intentos de suicidio, pero en las primeras etapas de la prisión principalmente y en el período que media entre la detención y la sentencia. Los suicidios, a diferencia de lo que se cree, son raros entre los prisioneros con condenas largas. Y lo primero que se nos cruzaría por la mente si nos preguntaran:
¿qué haríamos si nos condenaran a 30 años de cárcel? “Me mato”, diría cualquiera.

Otra vez la realidad
es otra. Por lo general las personas no se preguntan a sí mismas si sus vidas tienen sentido para ponerles fin si no lo tiene. Si esa fuera la causa del suicidio, la especie humana ya hubiese desaparecido de la faz de la Tierra. Volvemos a insistir que los verdaderos motivos son otros.

Los intentos suicidas:
Los actos genuinos son los que apuntan a la muerte exclusivamente. Los intentos suicidas fueron, hasta el momento, considerados como “no genuinos”; pero dado que en la mayoría hay riesgo de muerte,
por lo tanto existe un desequilibrio mental en el paciente, se dejó de considerar como “ilegítimo” para pasar al rango de “inconcluso”. Solamente durante las dos últimas décadas se han emprendido estudios acerca del destino de la gente que intentó suicidarse, y se corroboró que el diez por ciento se mata en el transcurso de los cuatro años siguientes. La agresión dirigida contra los otros se manifiesta
de manera más contundente en los intentos suicidas que en el suicidio mismo, aunque se advierte también un deseo de contacto. El efecto de llamado del intento suicida sobre los parientes y amigos se deriva de los sentimientos de culpa que crea en ellos. Cuando al intento lo acompañan heridas o recuperaciones
desagradables se produce un reajuste emocional del individuo con una fuerte exaltación y valoración de la vida. Incluso muchas veces sirve como medio para que el sujeto descubra la verdadera finalidad de su existencia. Dado que contamos con una capacidad llamada resiliencia (capacidad elástica de algunos
materiales para soportar una fuerza de choque y volver a recuperar su forma inicial), los seres humanos que no escapamos a este concepto– tenemos la capacidad de soportar situaciones adversas y volver a nuestro estado natural o volvernos más fuertes. Estos reajustes vienen acompañados de mucha meditación,
de una continua reformulación de preguntas y una fuerte carga de experiencias nuevas y de sentimiento de aprendizaje. El número de mujeres que intentan suicidarse es mucho mayor en comparación con los hombres. Si sobreviven a un intento suicida es un método altamente efectivo para influir sobre los demás y sus efectos son más duraderos que los de la violencia física, preferida por los hombres.
La persona que viendo en retrospectiva su existencia, llega a la conclusión de que debería suicidarse, inmediatamente indaga en su subconsciente sobre cuál sería la reacción de sus seres próximos luego del suicidio. Estudia de manera minuciosa el peligro y la prevención del acto de inmolación, por lo que la finalidad del suicidio confluye a través de evitar el acto mismo. ¿Por qué? Porque casi siempre
hay una erupción de amor póstumo o de sentimientos de ternura hacia quien se suicidó. Todo esto acompañado de una sensación de culpa por no haberlo querido lo suficiente y no haber hecho bastante por él. En los seres cercanos al suicida recae la inevitable idea de que se pudo haber evitado tan drástico final y existe un muy buen fundamento para dichos sentimientos de culpa, puesto que la gente
que es suficientemente querida y atendida no intenta quitarse la vida. La ausencia de elaboradas precauciones contra el hecho de sobrevivir no quiere decir que esas personas esperen ser rescatadas.
Sin embargo, este hecho revela que el suicidio no es por lo general un acto racional cuidadosamente planeado y ejecutado, salvo casos excepcionales –como los suicidios que se anuncian por Internet.
La mayoría de los suicidios son arrebatos de la conciencia o actos desesperados en los cuales no se tiene la mínima visión del entorno. ¿Qué conclusión podemos sacar de estos datos? Que sólo el 10% de las personas que intentan suicidarse acaban por hacerlo. Las demás no sólo siguen con sus vidas, sino que al pasar por ese proceso de reajuste emocional que hemos mencionado, adquieren
una vitalidad mucho mayor que la de una persona normal, y se lanzan a la búsqueda de una vida mejor sin ningún tipo de temor, ya que en un momento –al haber superado el miedo a la muerte, lo demás se presenta como un simple juego, y de eso se trata esta existencia, un simple juego…

Original. 

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