¿Por qué la Iglesia no admite el suicidio?

¿Por qué un suicida que se mata para buscar la paz y la serenidad prometidas en la vida eterna, al no encontrar motivos para seguir viviendo en este mundo, es considerado un cristiano que no respeta su fe?
Carta firmada

La pregunta es sencilla pero desarma, y nos recuerda los recientes y trágicos hechos no sólo por el suicida sino por otras personas desconocedoras e inocentes, como el piloto de la Germanwings o kamilazes similares.

Un suicida no respeta su fe porque en todo el credo cristiano, desde los primeros vahídos de Jesús hasta hoy, se habla de vida que vence a la muerte y no de suicidios u homicidios.

Pero me pregunto también, ¿cómo puede surgir una pregunta así cuando la muerte desde siempre ha sido considerada el mal radical y contrario a la vida que nos hace existir? ¿Qué hay de oscuro en la vida de hoy al punto de hacernos ver la muerte como una liberación? Piensa qué extraño sería orar al Dios de la vida diciendo: Señor libéranos de la vida, presérvanos y haznos escapar de la vida y danos la muerte. Invocaciones escalofriantes y, sin embargo, cada vez más surgen aquí y allá oraciones del estilo.

Pero vamos a la pregunta. Entre tanto, la vida eterna con sus contenidos de paz y serenidad no son el fin por el cual existimos, sino la consecuencia de la vida que Dios nos ha dado y que sólo si la hemos vivido en el bien y el amor puede abrirnos el camino a la eternidad. No es la fuga de la vida que nos da la vida eterna, sino el continuo compromiso en una vida de amor.

Detrás de la pregunta, sin embargo, está el prejuicio de la mentalidad de hoy que cada uno tiene derecho de hacer de sí mismo lo que quiere. Ahora bien, si nosotros fuéramos, si el hombre fuera un miserable pedazo o una casualidad, como las lombrices o matorrales, de la evolución de la materia y la tierra, al no tener valor ninguno ni dignidad ni honor ni valor ni importancia y ni siquiera vínculos o relaciones con otras cosas, podríamos aceptar su libertad de hacer lo que quiere.

Pienso que no haya habido una lombriz suicida, de todas maneras si la hubiera habido no importaría mucho. Pero un hombre es otra cosa: es un sujeto, una persona, un ser que tiene una dignidad de valor absoluto, un hijo de Dios a su imagen y semejanza, y eso los científicos, que desmantelan un cuerpo humano como un robot de ladrillos de lego, no lo dicen. Por eso el hombre de hoy ya no siente el valor y la dignidad de la propia persona y desprecia en sí lo más grande y bello que tiene: la vida y la existencia.

Por lo tanto, el centro de la pregunta no es el suicidio para la vida eterna, sino si un hombre, a reserva de a dónde irá o qué será después, puede o no puede suicidarse: ¿es lícito o no matarse? En la lógica de la sociedad de hoy es lícito todo lo que es posible. Pero no en la lógica de Dios, donde es lícito sólo todo lo que es bueno.

Si Dios es padre para la humanidad ninguno puede suicidarse porque la vida humana pertenece a Dios, es don gratuito que él no ha dado y, puesto que nosotros existimos en él, no se puede matar lo que pertenece a la vida. Por lo tanto, la paz y la serenidad que invoca el lector para justificar el suicidio, Dios nos la ofrece en el arco de toda la existencia tanto terrena como futura en él, por lo tanto, no existe motivo para anticiparla. Además, nosotros no tenemos el derecho sobre la vida o la muerte de nadie, ni sobre los demás ni sobre nosotros mismos. Finalmente, la muerte es un legado del pecado y el suicidio es una forma de aprobación del pecado original, como si quisiéramos decir: estamos de acuerdo con Adán y Eva. Por eso, el suicidio está prohibido por el cristianismo. Está claro que aquí se habla de sujetos que intencional y lúcidamente realizan tal gesto, no de aquellos que lo hacen bajo presiones morales, psíquicas, enfermedades, etc., para ellos tenemos que justamente invocar la misericordia de Dios.

Original. 

 

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