Lo que el cerebro esconde: 35 años con esclerosis múltiple

A veces no se le entiende porque le falta oxígeno, pero, cuando por fin puede hablar, no se queja de sus 35 años de combate contra la esclerosis múltiple sino que agradece a los familiares y amigos sus cuidados, visitas y fuerzas. A los 17 años aparecieron los primeros síntomas que empezaron a arrojar sombras a una vida de clases en el instituto, playa de arena negra, asaderos y mucho deporte. Para la misma enfermedad que lo acabó confinando a una silla de ruedas pide fondos para la investigación: «El cerebro esconde secretos que no están siendo convenientemente investigados: esclerosis múltiple (EM), esclerosis lateral amiotrófica (ELA), Parkinson y Alzheimer sobre todo».

La investigación está en manos de fundaciones privadas, cuando desde el punto de vista de este enfermo, debería de haber una colaboración internacional y de la sanidad en general, así como de los laboratorios farmacéuticos para intentar descubrir «los secretos que esconde este órgano, el cerebro». Ese órgano fue el que empezó a fallarle y mandarle señas hace 35 años en forma de pérdida del equilibrio y problemas motóricos a la hora de practicar deportes. «En Fuerteventura, en los años 80, nadie sabía, incluyendo a los médicos, de que se trataba lo que me estaba sucediendo. Así que mi madre y yo fuimos a Las Palmas de Gran Canaria, donde me diagnosticaron mal. Volvimos a Fuerteventura y continué con los problemas, pero así y todo terminé el instituto».

Aunque los síntomas persistían, se fue a estudiar Farmacia en la Universidad de La Laguna. Como el mismo se pregunta, quién había oído hablar de esclerosis múltiple en esos años. «Seguía perdiendo fuerzas y las recuperaba: yo creía que era por hacer deporte».

DIAGNÓSTICO

La incógnita se desveló en 1996, cuando le dio un brote muy fuerte en la pierna izquierda. Entonces se desplazó su madre a La Laguna, buscó un neurólogo y finalmente le diagnosticaron esclerosis múltiple. «El trabajo que hicieron el doctor Togores y su equipo de la Hospital de la Candelaria fue bueno, pues una vez hecho el diagnóstico dejaron que recuperara por mi mismo sin utilizar corticoides».

Saber la enfermedad precisa y poder mirarla a la cara, sabiendo evolución y síntomas, no paró la decadencia que se frenó durante unos años por una terapia natural en Lanzarote. «Acudí a un médico alemán, Hans Boömer, que practicaba unas terapias a base de acupuntura, homeopatía y sobre todo ayunos integrales a base de agua y manzanilla y lavados intestinales. Allí me fue muy bien y, al volver a la universidad, me encontraba mucho mejor».

Por encima de la esclerosis múltiple, la vida se empeñó en seguir su curso, para bien y para mal. Continuó estudiando y con una dieta vegetariana, murió su madre, se licenció en Farmacia y comenzó a trabajar en Fuerteventura. «Durante algún tiempo todo fue bastante bien. Luego me relajé y tuve una época un poco convulsa. Nunca sabré, aunque me lo puedo llegar a imaginar, que hubiera pasado si hubiese continuado con una vida sana o quizás el desarrollo de la propia enfermedad hubiera sido igual».

El final ya se sabe y es el mismo que el de otros enfermos: acabó en una silla de ruedas, al inicio con movilidad en la mano izquierda y buena coordinación, «pero, con el tiempo, la perdí toda».

Hace una seña desde la cama donde puede comprobar que sigue ahí la playa de arena negra de su juventud y añade el último agradecimiento: a sus sucesivos cuidadores. «Y a toda la gente que viene de Latinoamérica. Siempre he pensado que cubren un trabajo que no hace la gente de aquí: cuidar de enfermos y otras tareas».

 

Original. 

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