Cómo es ser invidente en México: “Los ciegos la tenemos complicada”

México

No existe un dato reciente y exacto de cuántas personas ciegas existen en México. El último número, de 2010, informa que no rebasan el millón y medio y que es una de las poblaciones que menor atención gubernamental recibe.

Las historias de Luis Roberto, Dulce y sus compañeros otorgan un rostro a los números y demuestran que los invidentes desarrollan sus vidas, pese a los obstáculos, como las personas convencionales: se enamoran, bailan, se embriagan, lidian con encontrar un empleo y buena parte de su tiempo la invierten en las redes sociales.

Ocho de la noche en la Ciudad de México. Los usuarios del metro circulan por los pasajes de la estación Balderas y corren a abordar los vagones que se dirigen a los cuatro puntos cardinales de esta capital. En uno de los pasillos, el que conecta a las líneas rosa y verde, sentada ante una tarima que carga botellas de agua y alegrías, Dulce palpa con la mano izquierda su mochila, encuentra el cierre, lo desliza y extrae una laptop pequeña.

Coloca el dispositivo sobre la tarima, presiona el botón de encendido y permanece alerta: tienta la mercancía, se cerciora de que siga aquí, pues nunca falta el o la gandaya que, al percatarse de que es ciega, robe alguno de los productos.

“Más vale ser desconfiada”, dice. “¡A cinco pesos la alegría!… Es un paréntesis, eh. ¡A 10 pesos el agua!”

Conecta los audífonos a la laptop para escuchar el sistema parlante, encargado de informar qué teclas o íconos toca el cursor cuando un ciego emplea un dispositivo. Dulce abre Word y teclea: “Hola. Ésta es una prueba para que veas que no te engaño. Sé usar la computadora. Me llamo Dulce Esmeralda Jiménez Flores. Tengo 26 años y me veo mucho más joven, ja ja ja. Eso es todo. Échale un ojo a las alegrías”. Pulsa la tecla F12 y guarda el documento. “Si quiero corregir algo, el parlante lee lo escrito”, explica.

Dulce formatea computadoras, instala programas y repara software dañados: “Como me interesa mucho esto, aprendí. Me gustaría trabajar en otro lugar, pero las empresas no me contratan”. El “aprendí”, adelante, implica años de estudios autodidactos, esfuerzo y paciencia. Sobre todo paciencia: “Los ciegos la tenemos complicada. Nuestras vidas no son tan fáciles como escribir textos en Word y guardarlos. No, para nada”.

“Ya no va a recuperar la vista”, dijo con voz potente el médico.

Sentado al lado de su mamá, al borde del llanto, Luis Roberto escuchó la sentencia médica. La visión de sus ojos permanecería oscura y, para un niño de ocho años, eso significó el fin. Deprimido, se instaló en su habitación y ahí permaneció días completos, durmiendo, intentando olvidar que fue en una alberca del IMSS en Toluca donde pescó la infección en las vías respiratorias que derivó en diversos problemas de salud.

La infección trajo consigo constantes visitas a los hospitales, las cuales lo aislaron de la escuela y no funcionaron. Al contrario: vivía en la confusión, obligado a tomar decenas de medicamentos, entre los cuales estaban unas gotas que, como efecto secundario, quemaron su nervio óptico. Luis, quien todos los días preguntaba cuándo iba a regresar su vista, contrajo glaucoma y perdió la visión de manera gradual, lo que fulminó al niño inquieto que alguna vez fue. Ya no podía salir de su casa en Metepec: se tropezaba, no veía venir a los carros. En la escuela, sus compañeros escondían su lapicera y la maestra se rehusaba a calificar sus trabajos porque no cumplían con los estándares.

Durante un largo periodo se excluyó y lo excluyeron.

En ese tiempo aprendió a desplazarse en su entorno. Como estaba solo en casa, iba a la cocina por agua y tomaba algún alimento del refrigerador. Usaba los otros sentidos: tacto, olfato, oído. Las paredes eran sus aliadas. Con cierta dificultad tomaba un baño, ordenaba su habitación y formó un mapa mental de las cosas.

Años después, cuando tenía 16, una situación familiar cotidiana rompió con el encierro. Sus papás trabajaban y no había quien acompañara a la escuela a sus hermanas, Dafne y Jessica, nacidas años después de que perdiera la vista. Un día anunció que él se haría cargo. Su principal motor, cuenta hoy, fueron ellas. Quería ser su apoyo y no una carga. Lo perdido, perdido estaba, pensó Luis, hartó de su situación inerte. “No volveré a llorar por no ver, se acabó”, se dijo a sí mismo y cortó de tajo.

Al acompañar a sus hermanas en taxi al kínder, preguntaba cuántas calles formaban el recorrido y las imaginaba. Con las semanas, agarró confianza y buscó una escuela de ciegos. Continuar sus estudios era el propósito. Primero fue al DIF de Toluca. Le dijeron que existía la Asociación para Discapacitados Visuales del Estado de México (ADVEM), dirigida por ciegos, y que ahí podían apoyarlo.

Acompañado de su papá, se entrevistó con el profesor Atanasio Hernández y se enteró de las dinámicas: enseñanza del sistema braille, clases de orientación y movilidad a partir del bastón, diversos talleres de música y tareas cotidianas. Debía decidir: estudiar e independizarse en las calles, o continuar con su vida de hasta entonces. Se inclinó por lo primero.

La notificación apareció en la pantalla del celular después de las 11 de la noche. “Luis Roberto te ha añadido”. El mensaje fue enviado desde Exprésate, un grupo en Whatsapp integrado por casi 40 ciegos de todo el país y creado en agosto de 2015.

La primera vez que escuché hablar de Luis Roberto fue en mayo pasado, en boca de Mariano Ayala, a quien conocí en la Asociación de Invidentes del Distrito Federal, con sede en la delegación Azcapotzalco.

Aquel día, Mariano, un hombre delgado de 55 años, débil visual de nacimiento y ciego desde hace décadas, confesó su resistencia a deshacerse de su teléfono analógico.

“Me aferré porque estaba acostumbrado a los botones, me modernicé a fuerza”, dijo, con voz pausada y tranquila. “Los ciegos manejamos celulares y computadoras, algunos compañeros son auténticos expertos”, agregó. Escéptico, escuché sus palabras, hasta que Mariano sacó de su bolsillo un iPhone 6 y un smartphone, dispuesto a comprobar sus afirmaciones.

“¿Cómo usas los teléfonos?”, pregunté. “Hay ciegos que no lo intentan”, respondió, a manera de introducción. “Yo, antes decía: ‘qué difícil’, pero cuando tronó mi teléfono viejito le entré al iPhone o a cualquier otro inteligente. Todo celular actual cuenta con un sistema parlante, es cuestión de actualizarlo”.

El parlante ayuda a los ciegos a ubicar con mayor velocidad las funciones y botones de los dispositivos. “Si quiero agregar un número, lo anoto con ayuda de este sistema. Mira”, indicó Mariano. La exposición dio inicio cuando tocó la pantalla del iPhone y el software anunció: “Desbloquear”. Mariano deslizó el dedo y, al instante, encontró en el escritorio el ícono de Teléfono. La voz informó la acción de su índice izquierdo. “Me ayudo con la memoria, claro. Pásame tu número y te agrego”. Aunque bastaba ordenar la acción, optó por hacerlo manualmente. Pulsó los 10 dígitos y solicitó guardarlos con mi nombre. Listo. Cuando apareció de nuevo en la pantalla de escritorio, advertí otras aplicaciones.

“También usas Facebook y Whatsapp”, comenté, tras observar las notificaciones color rojo.

“Sí, aunque no mucho, el chisme y enterarme de lo que desayunan las personas no me atrae. En Facebook aparezco con mi nombre: Mariano Ayala. Oye, pero ahí tengo a varios a amigos ciegos jóvenes, ellos sí que pasan ahí todo el tiempo. ¿Quieres conocerlos?”, preguntó.

Pinchó la aplicación y el parlante leyó los nombres de amigos y sus respectivas actividades. “Preparándome para ir al trabajo. Que tengan muy buen día”, escribió Dulce JF. “Ella es ciega, experta en reparar computadoras”, anunció Mariano. Observé a una joven sonriente con gafas negras. “Luis Roberto Ortiz Ortega actualizó su foto de perfil”, informó la voz. “Él trabaja en Derechos Humanos de Toluca. Es un chavo muy trabajador”, agregó el entrevistado.

Me proporcionó los teléfonos de Dulce y Luis Roberto y, unos días después, el segundo me agregó a Exprésate luego de una conversación que sostuvimos por teléfono. Tras la notificación que llegó después de las 11 de la noche, bastarían un par de minutos para comprobar los dichos de Mariano: “Varios compañeros ciegos son auténticos expertos en el uso del teléfono, se la viven en Whatsapp y Facebook”.

“Entonces, ¿qué quieres saber?”. Dulce me recibe con una amplia sonrisa en su espacio laboral en la estación Balderas. Está de buen humor porque la venta hoy es buena, pero debe permanecer alerta, reitera.

Dulce es una mujer de piel clara, cabellera negra y oriunda de Tijuana. Parece impaciente: “Aquí me tienes, pregunta porque me voy en menos de una hora”. Con enérgica voz explica a qué se enfrenta una ciega cuando vende mercancía en el Metro: “Hay gente bien tranza, paga una y se lleva dos cosas, pero también existe la que te deja el cambio. Algunos te respetan, otros te ignoran”.

Ciega de nacimiento porque heredó glaucoma congénito, puede afirmar que hace un par de décadas “no existía ni la sombra de la inclusión. Los ciegos éramos los bichos raros. Creo que aún lo somos”. Cuenta que usaba cascabeles en los zapatos para que las personas no la pisaran. Era algo que tenía que hacer porque, para Dulce, quienes no veían eran ellas. Más tarde se enteró de que su ceguera representaba inconvenientes en un mundo hecho para normovisuales. Sucedió a los 12 años, cuando en la Escuela de Niña Ciegas de Guadalajara, donde fue internada a los cuatro años, le preguntaron si quería ingresar a una secundaria convencional o especializada.

“Comprendí por qué estudié braille y movilidad. Entender que era diferente me costó mucho trabajo: no quería usar el bastón y escribir así. No me aceptaba como ciega. Batallaba mucho”, recuerda.

Cuando estudiaba la primaria, ella y sus compañeras asistían a escuelas de normovisuales a fomentar la inclusión al realizar demostraciones de escritura braille, matemáticas en ábaco y computación con parlante. “Creo que la gente nos veía con curiosidad. El chiste es que nos dábamos a conocer y entendí que tenía que salir de mi zona de confort. Gritar que los ciegos existimos. Al instante me quedó claro el mundo enorme que me separa de personas como tú”, asegura.

“Hubo mucha frustración. Te toca cada maestro estúpido y compañeros cuyos papás no les explican que hay personas diferentes. ¡Híjole! Es como cuando te cae agua fría encima, despiertas porque despiertas. No es lo mismo que convivir con tus compañeras ciegas, fuera de burlas”.

En su primer día de secundaria, la presentaron ante un amplio grupo: 60 alumnos en total. Escuchó diversas voces desconocidas y, buena parte, eran de niños. “¡Entré en shock!”, reconoce. Nadie era ciego y quiso correr, aterrada ante la situación.

Fue una especie de premonición. A los pocos días comenzaron las bromas pesadas. Sus compañeros le ponían el pie. Cada miércoles se convertía en su blanco cuando la agarraban a pelotazos. Los “quítate, pinche ciega” eran una constante y prefería no salir al receso. Los maestros no la evaluaban como correspondía: por ciega, decían, no podía aprender.

Cuenta que un día, una maestra le dijo: “Estás en un internado de ciegas porque a tus papás les estorbas”. Otra, le gritó: “¡Ya estoy hasta la madre! ¿Cómo te explico que este no es lugar para ti?”

Se refugió en la computadora. Cargaba para todas partes su laptop IDM, de las primeras en venta. Con ayuda de un recién creado sistema parlante, escribía, con lentitud. En las clases, Dulce tecleaba y, ante la rapidez con que dictaban los maestros, grababa los cursos. Más tarde, anotaba lo que no había escrito y repasaba las clases las veces que fuera necesario.

 

“Alivio”. Ésa es la palabra que viene a la cabeza de Luis Roberto cuando recuerda su visita a la asociación de ciegos. Días después acudió a su primera clase y ese alivio, al conocer a más ciegos, se transformó en tristeza y nostalgia: el de los invidentes era su mundo y ahora debía transitarlo. El profesor Atanasio lo presentó: “Él es Luis Roberto, viene a perfeccionar el sistema braille y aprender nuevas actividades”, anunció ante el grupo de invidentes, la mayoría de 30 a 40 años, aunque ahí también estaban un niño de siete y una joven de 20.

No pudo evitar el llanto al contar su historia: la mezcla de emociones, los nervios y el miedo a lo nuevo lo quebraron. Pero Luis se enteró de que no era el único nuevo. Cuando otros tres ciegos, de edades similares a la suya, se presentaron, compartieron sus vidas y sintió alivio de nuevo, pues escuchó relatos, a su parecer, más dramáticos que el suyo. Uno quedó sin vista en la preparatoria y dijo que eso le provocaba mucho dolor, una joven la perdió tras padecer diabetes. Ambos se alejaron del mundo en su momento, pero ahora estaban aquí, a su lado. “No soy el único”, se reconfortó.

Luis, quien después se convirtió en secretario general de la asociación, concluyó ahí la primaria en ocho meses y la secundaria en año y medio con promedios arriba de nueve. Sus ambiciones incrementaron al decidir estudiar la preparatoria.

Al poco tiempo de salir otra vez de casa y aprender a orientarse gracias a sus nueva clases, encontró trabajo en una tienda deportiva. Su vida laboral se extendió cuando en ese lugar conoció a los empleados de un museo. Cuando se enteraron que era una persona ciega, le ofrecieron trabajo en ¿Ya viste?, una exposición en la que personas normovisuales ingresan a cámaras oscuras con temática: parque, supermercado, heladería y una calle. Ciegos realizan los recorridos. La muestra estuvo montada un año, tiempo en el que buscó preparatoria, pero la respuesta siempre fue negativa: no contaban con un sistema para calificar exámenes a invidentes.

La ventaja de Luis es que él ya se trasladaba de manera independiente. La necesidad de movilidad lo obligó a aprender rutas y avenidas. Se tomó en serio lo de hacer a un lado aquella vida de encierro. Tras la práctica, dominaba las calles y abordaba camiones, en los cuales cantó y tocó la guitarra durante un tiempo en compañía de otro amigo ciego. Dentro de su repertorio, estaban canciones de corte urbano y rock. Gracias a ¿Ya viste? y su trabajo en transportes, su economía se estableció.

Durante su preparación en la asociación, sus datos fueron ingresados a la base de la SEP, y gracias a ello fue seleccionado para cursar computación. Se entrevistó con los patrocinadores, expuso su caso y ellos le informaron que contaban con tecnología para personas con discapacidad visual. En el curso conoció a la dueña de la tienda deportiva, quien le ofreció empleo. Luis aceptó de inmediato, su situación económica era apremiante. Vendía tenis y otros artículos, mantenía limpio el lugar y acomodaba la mercancía.

—¿A qué trabajo acceden los ciegos?—, pregunto a Luis.

“Es una combinación de factores. Para todos somos aptos, pero falta disposición de ambas partes: ciego y empleador. El primero se pregunta: ‘¿Voy a poder?’, y el segundo: ‘¿Sí funcionará?’ Quien me contrató observó mis ganas de trabajar. Logré mi primer empleo, sin que me compadecieran.

El “no” rotundo permanecía cuando acudía a una escuela pero Luis perseveró y, un día, en Grupo ISIMA le dijeron que lo intentara.

Los compañeros se desconcertaron cuando se enteraron que el estudiante nuevo era ciego. Temían tocarlo, preguntarle su nombre o si necesitaba apoyo para subir escaleras. Luis rompió con esas barreras: “Oigan, sí, soy ciego, pero no se preocupen. Sí me pueden ayudar, pero no es una obligación”, les dijo un día.

Su vida social, a partir de entonces, se desarrolló de manera más amplia con normovisuales. En el receso recibía invitaciones: “Vamos a desayunar, ¿no?” Los jóvenes brindaban una silla, le leían el menú. “Los ciegos llevamos nuestra vida social en donde la vive cualquier otra persona. Nos relacionamos igual que los ‘normales’, por así decirlo. No hay fórmulas ni secretos. Volvemos a lo mismo: se trata de disposición”, dice Luis.

Luis Cristopher El Pelón.

“¡Qué onda, Exprésate!”. A través de una nota de voz, Luis Roberto saluda en el grupo Exprésate de Whatsapp, donde sus miembros cuentan sus experiencias cotidianas y buscan dar mayor visibilidad a las capacidades de los ciegos. Luis anuncia que, por algunos días, seré integrante.

“¡Qué ooonda, mi gente! Aquí el único, el único: El Pelón, reportándome desde Tampico, Tamaulipas, donde te recibimos con los brazos abiertos y con las bombas explotando”, saluda y bromea Luis Cristopher. “¡Pregunta! Yo soy el chavo más tranquilo del grupo”, afirma. La aplicación anuncia que alguien graba una nota de voz y él lo advierte: “¡Noli está escribiendo, ahí viene!”

“Hola, Luis Roberto y Luis Pelón. Guillermo, pregunta lo que quieras, como dice Pelón. Yo soy Norma, del Estado de México, un gusto”. “Perdón, pensé que era Nolis, mil disculpas, es que no veo lo que hago”, corrige Pelón. “No soy Noli, soy Norma, y sí, yo tampoco veo lo que hago”. Ambos se carcajean.

Luis Roberto se reporta de nuevo: “Norma, dile Christopher, no Luis Pelón. Memo, como te darás cuenta, te vas a encontrar aquí a personajazos. Una cantidad de especies bastante interesantes”. Pelón retoma: “Uy, pues sí, dime Christopher porque aquí hay muchos Luis. Pero yo no soy como el cometa Halley, que se reporta cada decenas de años, así como mi camarada Luis”. “Cálmate, Cristopher, claro que me reporto, aquí estoy al pendiente. Nomás que yo sí trabajo, alguien tiene que trabajar. Saludos… Pelón“. “O sea, dices que yo no trabajo, pues sí lo hago, mijo”.

Durante los siguientes minutos, otros integrantes se presentan:

Keira, de Culiacán, Sinaloa, saluda: “Hola, Exprésate, buenas noches. Memo, bienvenido. Necesitamos la mayor difusión posible. A este grupo le hemos construido con mucho amor, de verdad”.

Ahí están también José Francisco, de Toluca, Estado de México: “Hola, yo tengo 15 años y estudio la prepa abierta”. Norma Liliana, del Estado de México: “Yo soy la verdadera Noli. Te falló esta vez, Pelón”. Sergio Hernández, de San Luis Potosí: “Nosotros nunca nos detenemos pese a nuestra capacidad”. La mayoría indica su nombre de perfil en Facebook, los busco, envío invitaciones y compruebo que son usuarios asiduos.

Al otro día, el grupo celebra el cumpleaños de Sinia, otra integrante. Sus compañeros la felicitan. Sinia, cuenta, usa Twitter. “Me encuentras como @SiniaAe“, indica. Ese mismo día, envío un mensaje personal vía Whatsapp a algunos de los integrantes de Exprésate. Las conversaciones inician.

No existen números recientes sobre la ceguera en México. El último dato se publicó en 2010: de acuerdo con el Inegi, la población de ciegos y débiles visuales es de aproximadamente un millón 292 mil 201 personas. La invidencia, de acuerdo con la información, es la segunda discapacidad con mayor número de mexicanos y, además, es una de las que menos atención gubernamental reciben.

El Inegi indicó hace seis años que, en el 90 por ciento de los casos, la ceguera es adquirida. Respecto a edades, 17 por ciento son menores de 30 años, 33 por ciento va de los 30 a los 59 y el 48.8 por ciento es mayor de 60. Algunas de las causas principales son la edad avanzada y enfermedades como la diabetes.

Expertos en el tema exponen que las personas ciegas no acuden a los servicios de rehabilitación por las barreras arquitectónicas y desplazamientos que no han sido eliminadas en las ciudades. El mayor obstáculo para la invidencia, indican, es la pobreza: la discapacidad se acentúa en una situación de bajos recursos.

Keira Payán.

Personas que integran el grupo Exprésate:

KEIRA PAYÁN, 29 AÑOS

Vive en Sinaloa. Licenciada en Publicidad y Mercadotecnia, desde hace cinco años trabaja en el ayuntamiento de su ciudad, en el área de comunicación social. Es maestra de ceremonia, voz institucional y realiza cápsulas sobre respeto a personas con discapacidad.

Redes sociales: Uso Instagram, Whatsapp, Twitter y Facebook, donde me encuentras con mi nombre. Las redes sociales son una herramienta importante de información. Al principio representó obstáculos porque los lectores de pantalla no eran accesibles, pero eso ha cambiado. Las aplicaciones describen, incluso, fotos, billetes de cualquier denominación y colores. Ya no tienen inconveniente, hay apertura. Falta, pero la pauta está marcada para difundir la cultura de la discapacidad.

Vida personal: Estoy casada y soy mamá de una niña de seis años y un bebé de dos. Mi esposo es normovisual. Mi prima me lo presentó. Durante cuatro años fuimos novios. Su familia no aprobaba la relación porque soy ciega. Nos distanciamos, pero un año después nos reencontramos, decidimos casarnos y formamos una familia. Derribamos obstáculos.

Vida social: Voy al cine, bares, eventos de motos, a mi esposo le gustan mucho. Nos damos nuestro tiempo, ahora es más complicado con los niños.

Vida laboral: Desde pequeña, mi pasión es cantar y la locución de radio y televisión. Sí, conseguir trabajo, para una persona ciega o cualquier otra discapacidad, es una tarea maratónica. No hay apertura. No se entiende que tenemos potencial, como cualquiera. Nosotros le echamos el doble de ganas porque cuando encontramos empleo, queremos conservarlo. Es difícil. Claro, algunos esperan que las oportunidades caigan del cielo, eso no va a ocurrir. Se debe tener preparación, nadie te dará empleo por lástima. En el trabajo, las personas normovisuales, sí, al principio te ven con desconfianza, no saben cómo tratarte. Existe esa tensión, pero poco a poco se va disipando, depende de ti.

Trato de las personas: Lidiamos con discriminación. Soy ciega de nacimiento, estoy acostumbrada a ver la vida de esta manera. Éste es mi mundo y estoy adaptada. Mis padres me enseñaron a levantarme de cualquier caída. Uno no nace preparado para enfrentar al mundo por algo de lo que no se es culpable. Es triste y, si lo permites, puede causar estragos. Siempre me propuse vencer los obstáculos que pone la gente. La discapacidad no es una limitación, es una virtud de la cual me siento orgullosa.

SERGIO HERNÁNDEZ, 40 AÑOS

Vive en San Luis Potosí. Se dedica al teatro y, junto con otros compañeros ciegos, formaron una organización civil para difundirlo: Trabajemos por una Nueva Luz. Presentan obras sensoriales para ciegos y normovisuales. Antes se desempeñaba en un centro comercial, pero los nuevos dueños no quisieron trato con él. Se involucró en el teatro: él y su equipo juegan con sonidos y voces, como si se tratase de programas de radio.

Redes sociales: Con los nuevos teléfonos, es mucho más fácil. Desde antes, Nokia tenía un equipo con opción parlante. Ahora, todos los teléfonos tienen lector y puedes usar correo, Whatsapp, Twitter y Facebook, donde aparezco con mi nombre.

Vida social: Me gusta viajar. He ido a Guadalajara, a León. Mi familia se asusta, piensa que me va a pasar algo. Tengo una relación informal con una chica, veremos si se transforma en noviazgo. No me gusta la música popular, prefiero el jazz, blues, rock, heavy metal.

NORMA LILIA, 21 AÑOS

Vive en Atizapán Santa Cruz, Estado de México. Cursó talleres de narrativa y guión en la Escuela de Escritores del Estado de México de la Sogem. Quiere estudiar letras latinoamericanas y practica teatro. Escribe obras de corte minimalista, algunas puestas en escena. El periodismo le atrae, planea participar en revistas. “Para escribir hay alternativas y opciones. No todo es triste, créeme”, dice.

Tecnología: Hay varios lectores, depende del sistema operativo. Para sobrevivir, aprendes a usarlos. Como me gusta la literatura, uso Lector, un programa que convierte los textos a audios. Existen impresoras que imprimen en braille, aunque aún no las he usado.

Redes sociales: Soy débil visual, alcanzo a percibir algunos colores. En redes estoy desde secundaria, hace diez años. Uso correo y desde prepa tengo Facebook, donde aparezco como Norma Lilia Mejía. Cuando mi vista disminuyó, fue difícil porque estaba acostumbrada a usar el mouse, pero es mejor acostumbrarme porque no sé cuánto durará lo poco que veo. Aprendí a usar los comandos, cuesta trabajo. Otras personas que no conocieron la computadora visualmente, ciegos de nacimiento, trabajan con referencia mental.

Vida social: Voy a algunas fiestas, prefiero reuniones con amigos y familia, salir a comer, al teatro, cine. Parece extraño para muchos, pero sí. No bebo mucho, existen ciegos que sí, fuman y hacen de las drogas parte de su vida.

Cuando Windows 98 era la novedad, Dulce inició su relación con las computadoras. Tenía ocho años y tomaba terapias conductuales: “Traía energía mal canalizada”, recuerda. En la escuela de Guadalajara premiaban su buena conducta: si se portaba bien, obtenía horas extra frente al monitor.

A los cuatro años su familia la ingresó a la escuela de Guadalajara, la primera de su vida. “Ahí aprendí todo lo que sé, te enseñan tejido, costura, flauta, piano, orientación, braille”. Pero entonces Dulce detestaba esas clases porque, analiza ahora, le impedían ser niña: “Quería jugar, hacer un desastre, pero estaba obligada a otras cosas, todo el día. Ahora veo un globo y me emociono”.

De sus compañeras, sólo ella eligió una secundaria convencional. Acudía en transporte público. “No todos fueron groseros. Seis niños me apoyaron, también hubo momentos buenos”. Uno fue aprender basquetbol con ayuda de una maestra. “Jugué en un equipo. Siempre me acuerdo de eso y me da mucha satisfacción. Pero sí, la mayor parte de la secundaria fue difícil. Varias personas no saben de qué somos capaces. Piensan que no tenemos temas de conversación porque, por ser ciegos, somos tarados”, dice Dulce, aún sentada ante la tarima en el metro Balderas.

Desde primaria aprendió a escribir en Word y guardar el documento. Antes había estudiado mecanografía y, con ayuda de la práctica, memorizó la ubicación de cada tecla. Usar la computadora no representó dificultad, sobre todo con PC VOZ, uno de los primeros parlantes.

En secundaria estudió computación, códigos binarios, las diferencias entre software y hardware. Un maestro le brindó apoyo cuando notó su interés. En láminas, repujó en relieve los íconos y diseños que aparecían en la pantalla. Explicaba una y otra vez, paciente. “Así aprendí más y más. Ahora ya hay muchas herramientas y parlantes. Uso iPhone, Twitter y Facebook, donde a cada rato publico”.

El extremo bullying en la secundaria provocó que desertara. “Estaba traumada, eran demasiadas agresiones. Restaban tres meses pero no aguanté más, no quería nada con nadie. Me fui”. A los 16 años, viajó a Tijuana en busca de su familia. Algunos años después, un amigo, también ciego, se mudó a la Ciudad de México a estudiar masoterapia en la Escuela Nacional de Ciegos de Mixcalco, la más grande a nivel nacional y que recibe a personas de provincia para cursar la educación básica y aprender, entre otras cosas, braille y bastón. “Me le pegué, era el momento de ir a otro parte”, recuerda Dulce. Se internó en el lugar y terminó la secundaria. Estudió música, computación y concluyó Office. Estuvo ahí de los 20 a los 25 años, hasta junio de 2015.

Cuando Dulce asistía a la escuela, trabajó durante un tiempo en el cargo de gerente de ventas en una clínica, donde promocionaba camas hiperbáricas y masajes reductivos.

“Es muy complicado obtener trabajo”, cuenta. “Dicen que no podemos desempeñarnos. Está comprobando lo contrario. Si no me dan oportunidad de demostrar, ¿cómo? ¿Y la inclusión? ‘Luego te hablamos’, dicen. Como no cuento con ayuda, estudio o trabajo, no hay de otra. Somos diferentes de los normovisuales… hasta donde ustedes quieran. Tengo un trabajo, pero me gustaría ejercer en una empresa. Siento que desperdicio mi tiempo. Me defiendo bien con las computadoras. Varios compañeros ciegos son viejos lobos de mar. De ellos aprendo y perfecciono técnicas”, asegura.

Ante la falta de apoyos gubernamentales, las sociedades civiles promueven a los ciegos en las bolsas de trabajo, “pero las empresas son las renuentes”, lamenta, “por eso, la mayoría terminamos cantando o vendiendo algo en el Metro”.

El novio de Dulce es ingeniero en sistemas y le muestra nuevas técnicas. “Aprendo mucho con él, que sí ve”. Se conocieron en la estación Taxqueña un día que, por culpa de él, chocaron. “Él me vio y no se quitó, ¡voy a creer!”. El joven se disculpó y, amable, pidió acompañarla al paradero de autobuses. La charla comenzó e intercambiaron teléfonos. Días después ella le solicitó ayuda para reparar su computadora. Desde entonces, van juntos a comprar equipo y, más tarde, por una nieve . “Yo creo que con él me voy a quedar”, vaticina la joven y anuncia que esperan un bebé.

Dulce vive en Los Reyes, La Paz. “Ahí encontré algo más económico, voy y vengo todos los días, trabajo desde las cuatro de la tarde”. Se mantiene con la venta de agua, alegrías y de reparar alguna computadora. “Entre compañeros me promueven, saben lo que hago. También ayudo a mi novio”, cuenta.

El último trabajo de Dulce relacionado con computadores consistió en configurar un equipo para una persona ciega. Le instaló Office, el programa parlante y antivirus. “Y, bueno, de ahí salen unos 300 pesos, al menos”.

Osvaldo Soto, esquina superior izquierda.

Otros integrantes de Exprésate se presentan:

OSVALDO SOTO, 27 AÑOS

Vive en Tijuana, Baja California. Con su nombre lo encuentras en Facebook. Originario de una pequeña zona rural del norte de Durango, es integrante de un grupo musical de nombre Inclusión norteña que canta grupero, cumbia y corridos, y donde es primera voz y toca el acordeón. Su vida se desarrolla en la ciudad fronteriza más visitada del mundo por mexicanos y gringos.

Vida laboral: Cursé hasta secundaria porque no hay más en donde nací. Crecí entre vacas, caballos y corridos. Ahí le fui agarrando gusto a lo norteño y, sobre todo, al acordeón. Mi sueño era trabajar en un grupo que hoy lidero y pone a bailar a la raza. Hace siete años llegué a Tijuana a aprender, pues mi nivel musical era bajo. En el camino, aprendes. Mi banda está formada por cuatro personas y dos tenemos discapacidad visual. Nos caracterizamos por eso.

Trato de las personas: Cuando vas por primera vez a pedir trabajo a un antro, bar o téibol, los encargados desconfían. Pero después se muestran contentos. Me expresan admiración, respeto. Muchos clientes nos llaman de nuevo a sus eventos y negocios. La aceptación a mi persona y trabajo ha sido buena.

NORMA, 33 AÑOS

Vive en Tepletauxtoc, al oriente del Estado de México. Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública y maestra en Estudios del Desarrollo Rural, planea ingresar al doctorado en Educación Superior Agraria en la Universidad Autónoma de Chapingo.

Redes sociales: En Facebook soy Norma Paty Martínez y estoy ahí desde hace ocho años por cuestiones universitarias. Antes no lo usaba mucho, no tenía un software parlante. Eso ha cambiado. Ahora, uso más la computadora y redes sociales como Whatsapp. Al teléfono puedo dictarle, pero también escribo con el teclado o mando mensajes de voz. Casi no publico pero sí checo las publicaciones de los demás.

Vida laboral: A veces imparto conferencias sobre discapacidad y derechos humanos. La última fue en un plantel del Colegio de Bachilleres. Me he encontrado con que personas hombres con discapacidad tienen mayores posibilidades de optar por un trabajo que las mujeres ciegas. Ellas están en casa, se dedican a cuestiones del hogar. Es difícil. Tener una carrera no garantiza encontrar trabajo de inmediato.

Trato de las personas: Cuando perdí la vista, era muy difícil aceptarlo. Me dolía el trato. Con el paso de los años aprendí que existen varios prejuicios, nosotros tenemos muchas capacidades. No me gusta que me digan cieguita o pobrecita. Me molesta mucho.

LUIS CRISTOPHER TADEO, 32 AÑOS

Vive en Tampico, Tamaulipas. Tiene un negocio de botargas desde hace 19 años. Se disfraza de diferentes personajes. Conserva cinco por ciento de visión. Está casado, con una hija y en espera de un bebé.

Redes sociales: En Facebook me encuentras como Elúnico Elpelón. En esa red tenemos una página que se llama Personas con Discapacidad en Movimiento Mx, sumamos más de mil miembros. Además, uso el correo y Whatsapp. Antes era difícil porque no tenía sistema parlante. Mi primera computadora hablaba en inglés.

Vida social: Me gusta mucho la música de todo tipo, bailar. Salgo con mis amigos, primas, cotorreamos, el ámbito familiar me agrada. Soy percusionista y fan de los instrumentos. Bebo, sí, pero con medida.

Trato de las personas: Existe un trato lastimoso, batallas mucho. La gente te trata mal, dicen que uno no se fija por dónde va. Pese a ello, ando solo. No me gusta que me guíen. Aunque me falla la vista, doy muy buen servicio en mi trabajo. Me moriré siendo botarguero.

Varios años después, Luis Roberto, originario de la Ciudad de México, se convirtió en un joven robusto de 26 años que estudió Trabajo Social, estudia Derecho y preside el Consejo Ciudadano para la Prevención y Eliminación de la Discriminación en la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México.

Su primera carrera la estudió también en ISIMA y buena parte de sus compañeros eligieron lo mismo. Tras las clases, el grupo de amigos se instalaba en la cafetería de la universidad y, en ocasiones, sobre todo los viernes y al final del semestre, en algún bar, para disminuir el estrés de la rutina semanal. A veces se escapaban al gotcha. Los sábado se iban de excursión a La Marquesa o Ixtapan de la Sal. Luis bebe cerveza. “Comencé grandecito, como a los 18 años”, comenta.

En romances no le ha ido mal. A los 16 años, cuando comenzó a salir a las calles, conoció a una joven normovisual de 15. Los chats eran cosa nueva. Luis y la joven se conocieron en uno de Telcel. Tras un tiempo de charla, decidieron verse. Ella vivía en Metepec, en una zona cercana a la suya. Se encontraron en un parque, se gustaron y fueron novios por año y medio. Para chatear en aquel tiempo, Luis se ayudaba con uno de los primeros lectores. “Rústico, pero existía. Ya tenía seguridad de salir, de otra manera no lo hubiera intentado”, recuerda y cuenta que ha sostenido otros noviazgos en el trabajo o escuela.

Su experiencia con dispositivos no ha sido difícil porque sus hermanas lo asesoran. “Crecieron con esas tecnologías. Me describen las pantallas del celular y computadora. Con el tiempo memoricé y, además, ¡el lector de pantalla es una maravilla! Me ahorra mucho tiempo de búsqueda”. Gracias a las lecciones de Dafne y Jessica, a explorar por su cuenta y su memoria, Luis formó un nuevo mapa en su cabeza: el de las funciones de los dispositivos. “Ocupo iPhone, laptops, PC, redes: en Facebook me encuentras como Luis Roberto Ortiz Ortega. Es complicado usar el teclado pequeño del celular touch, pero todo es práctica. El lector, insisto, es medular”.

Su ingreso a la CDHEM fue por casualidad. Había llegado el momento de realizar el servicio social y decidió presentar su documentación en el hospital Adolfo López Mateos, ubicado al norte de Toluca. Un día, cuando cantaba en camiones con su amigo, caminaban por ese rumbo y pensó que sería buena idea. Esa vez se enteró de que cerca estaba la comisión y probó suerte. La coordinadora de ¿Ya viste? trabajaba ahí. Recibió una llamada al poco tiempo: “Vente a hacer el servicio social con nosotros, cumples con el perfil”. Poco a poco ascendió, “con esmero”, puntualiza.

“¿Cómo ha sido el trato de compañeros? ¿Existe paternalismo?”, pregunto. “No hay distinción. Desde el principio, les dejé claro que no me vieran como la persona con discapacidad, sino como alguien que puede desarrollar la actividad que corresponda. Soy sincero: al principio hay cierto trato distinto, de ti depende si continúa”.

De lunes a viernes, se despierta a las cinco de la mañana, desayuna y va al gimnasio. De ahí parte a sus actividades laborales. De Metepec, donde aún vive, toma un autobús y una hora después llega a Toluca. Baja en avenida Río del Mazo y camina dos cuadras a la oficina. Los sábados va a la escuela y en la noche, si el clima lo permite y siente ánimos, va con su novia y amigos al billar, bar o a casa de alguno de ellos.

“Soy afortunado”, indica, “por poder asistir a encuentros y congresos sobre personas ciegas o con otra discapacidad”. Así ha conocido a decenas de amigos. “Intento convencerlos de lograr cosas”, dice Luis, seguro de sí: “Se puede, soy prueba viviente”.

 

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