“Es injusto que no me pueda tomar algo con mis amigos en un bar”

Silla de ruedas

Lo último que quiere es dar pena y que le miren con cara de tristeza. “Yo no soy ningún pobrecito”, dice con seguridad. Solo persigue un objetivo: “La accesibilidad universal”.

Se llama Carlos González, vive en el barrio donostiarra de Altza, estudia integración social en Andoain adonde acude diariamente en autobús y conduce una silla de ruedas eléctrica. “Yo lo que quiero es poder entrar a cualquier lugar como cualquier persona. Me parece injusto no poder hacerlo”, denuncia este hombre, mientras muestra lo imposible que resulta para una persona como él acceder a un establecimiento en cuya entrada hay un escalón.

Carlos se mueve por la ciudad de manera autónoma, pero ya sabe a qué zonas es mejor ir y cuáles debe evitar para no tener que estar solventando obstáculos constantemente. Aunque tenga su particular circuito en el que se encuentra cómodo, siente rabia cuando no puede acceder a un establecimiento, al transporte público o, incluso, al banco a sacar dinero, porque o no hay rampa o no llega al cajero automático.

“Si vamos cuatro amigos en silla de ruedas a tomar algo, nos vemos obligados a estar en la calle, aunque llueva y haga frío. En los bares no hay espacio, se intenta sacar el mayor provecho económico y no se nos tiene en cuenta para nada”, asegura este hombre, que insiste en que esto ocurre de forma constante.

En el transporte público sucede igual. Carlos prefiere el Topo porque “hay más espacio” que en el autobús urbano. Pero el problema no es moverse por la ciudad, sino tratar de hacer una excursión o una escapada con amigos o con su pareja, también en silla de ruedas. “Si vamos en tren a Barcelona o a Zaragoza tenemos que viajar uno por la mañana y otro por la tarde, porque solo hay una plaza para la silla de ruedas”, denuncia, al tiempo que asegura que esto también ocurre en los autobuses de largo recorrido e, incluso, en los que hacen los trayectos al interior del territorio guipuzcoano.

Asimismo, suele tener problemas con las rampas en estos transportes públicos. “Nosotros tenemos sillas de ruedas grandes para ser más autónomos, pero muchos autobuses tienen rampas para sillas pequeñas”, señala. Por lo que tiene que elegir: o va en el autobús con la silla pequeña y pierde autonomía o renuncia a hacer el viaje.

También ocurre con los taxis, ya que los adaptados solo están disponibles “si los encargas”. “He estado de cena con los amigos y a la una de la mañana he llamado a un taxi y no había”, lamenta. Y, ¿qué pasaría si surge “un imprevisto”? “¿Y si tengo que ir a Urgencias?”, se pregunta.

“Nos queda mucho por hacer. La gente no se da cuenta de las dificultades que tenemos, pero no es por mala fe, yo creo que es por desconocimiento”, asegura. Para tratar de evitar estas situaciones y acabar con todos los obstáculos, Carlos pide a las instituciones guipuzcoanas que hagan “lo máximo posible” por la accesibilidad universal.

“Somos personas iguales que tenemos que estar todos al mismo nivel. Ese es mi único objetivo”, subraya. – R. Gabilondo.

 

 

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