Tiene 5 años, sufre de parálisis cerebral y fue elegido abanderado por sus compañeros

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El Hipódromo de Palermo fue el punto de encuentro. Un viernes más en la rutina de Ulises Martin, que asiste al lugar para tomar su clase semanal de equinoterapia. En sus manos lleva una bolsa de zanahorias y sus padres, Miguel y Tatiana, van detrás de él y su silla de ruedas. “Las zanahorias son para Poker, el caballo con el que trabaja”, señala Miguel. Ulises tiene 5 años, sufre de parálisis cerebral y fue elegido abanderado por sus compañeros de la sala verde del jardín de infantes público Xul Solar, ubicado en Recoleta.

Ulises nació a las 28 semanas de gestación por una negligencia médica. Su madre, Tatiana Papazian, tenía trombofilia, pero no se enteró hasta algunos meses después del parto. “Yo le decía al médico que no podía hacer nada de lo mal que me sentía y él me decía que eran miedos de madre primeriza”, recuerda. Una frase le quedó marcada y, cuando la dice, su marido asiente serio a su lado: “Estás embarazada, no enferma”, le decía una y otra vez su obstetra.

El pequeño está presente durante toda la entrevista y esboza una sonrisa cuando lo nombran. Su alegría contagia durante toda la charla y cada tanto pide atención: “No le gusta que no lo incorporemos en la conversación”, dice su madre. Por momentos, las risas hacen que nos olvidemos de que estamos reunidos con el objetivo de destacar cuán exitosa puede ser la integración escolar de un chico discapacitado en una escuela común y corriente. Acota, cuando lo cree necesario, y repite los nombres de sus amigos: “Nicole, Cori, Nico, Ale, More”, son algunos de ellos. Miguel asegura que antes de empezar el jardín era tímido, retraído y no se expresaba tanto como ahora: “Interactuar con sus pares lo ayudó a perder la vergüenza”, dice.

Advierten, sin embargo, que el camino para su escolarización no fue fácil. Los colegios están obligados a recibir dos alumnos discapacitados por curso como máximo. A cada uno le corresponde una maestra integradora y, en el caso de discapacitados motrices, también una asistente celadora. Cuando quisieron anotarlo, se encontraron con varias trabas. Buscaron en escuelas privadas y públicas y la mayoría no quiso recibirlo. Otras argumentaban que no contaban con el personal suficiente para asistir a un chico discapacitado. “No ocurre lo que dice la ley. Las escuelas públicas no tienen los cargos que se necesitan para la cantidad de población discapacitada”, explica Miguel.

A pesar de las adversidades y de la frustración, la clave -dicen- está en no bajar los brazos y “ser cabeza dura”, aunque admiten que desearían no tener que luchar contra viento y marea para que respeten los derechos que le corresponden a su hijo. Iniciaron una batalla legal y, tras meses de idas y vueltas, lograron que les aceptaran el recurso de amparo. Ulises entró al jardín a los 3 años y recién este año les ofrecieron la posibilidad de que lo acompañe una maestra integradora dos veces por semana.

Así le comunicaron la noticia las maestras en el cuaderno de comunicaciones
Así le comunicaron la noticia las maestras en el cuaderno de comunicaciones. Foto: LA NACION / Stephanie Chernov

Destacan, en todo momento, que la convivencia es beneficiosa tanto para su hijo como sus compañeros: “Convivir con chicos que tienen discapacidad lo hace algo natural para cuando uno crece. Es algo normal ver a alguien en una silla de ruedas”, afirma Tatiana. Y, orgullosa, cuenta que los chicos hacen fila para saludarlo cuando entra a la sala.

Ahora que cumplieron su objetivo, la lucha sigue por otro carril: conseguir la permanencia de Ulises en sala de 5 y una vacante en la Escuela Normal Superior N°1 en Lenguas Vivas “Presidente Roque Sáenz Peña”, que está a pocas cuadras de su hogar y les permite facilitar el traslado.

 

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