La resiliencia: ¿Qué es y cómo trabajarla?

La vida está llena de momentos maravillosos, que se graban en nuestra memoria y nos recuerdan quienes somos, de dónde venimos y sobre todo, lo bonita que es la vida. Pero la vida también está llena de momentos terribles y llenos de tristeza, que nos recuerdan lo frágiles que somos, lo que de verdad es importante y sobre todo, lo corta que es la vida.

Todo tiene su lado bueno y su lado malo, y entender eso es la esencia de la resiliencia. Entenderlo, pero también aceptarlo y aprender de cada experiencia, buena o mala. Porque tanto el éxito como el fracaso están compuestos de pequeños éxitos y fracasos, de momentos buenos y malos y de experiencias que por el camino nos van enseñando y creando el nuestro.

La resiliencia es una palabra muy utilizada hoy en día que proviene de una propiedad física de los materiales y representa la capacidad de un material de recuperar su forma tras sufrir una deformación.  Si aplicamos esa propiedad a las personas, la resiliencia es la capacidad que tenemos de asumir nuestras emociones, aceptarlas y aprender de ellas.  Todos tenemos sentimientos y gestionamos nuestras emociones para sobrellevar del mejor modo posible las adversidades. Ser resiliente no es sinónimo, ni mucho menos, de ser una persona fría o calculadora, todo lo contrario. De hecho, nadie nace resiliente, sino que la resiliencia se trabaja. Y las personas que practican la resiliencia, son aquellas que son conscientes de sus fortalezas y sus limitaciones, de tal forma que son realistas y no se pierden en sueños imposibles ni divagaciones. Se centran en lo que pueden controlar y en el ahora.

Por lo tanto, una de las principales claves de la resiliencia es conocerse a si mismo. Explorar en nuestro interior y entender qué demonios nos atormentan y qué ángeles nos iluminan. Sin hipocresías, sin tratar de engañarnos a nosotros mismos. Abrir la caja de pandora y observar qué es lo que va saliendo y cómo nos sentimos cuando lo vemos. Tanto lo bueno como lo malo, lo que nos hace reír y lo que nos aflige y se agarra al estómago. Y así, poco a poco, entender por qué somos como somos, nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles. Si no lo hacemos, no pasa nada, simplemente llegará un momento en nuestras vidas en el que no sabremos encajar lo que nos pasa y tardaremos una eternidad en salir del hoyo. Y además podremos recurrir a inhibidores como el alcohol, las drogas o los fármacos, para dejar que pase el tiempo, que todo lo cura, mientras destruimos nuestra vida. Porque sin duda es mucho más fácil juzgar a los demás que a uno mismo, o buscar un culpable en los demás, o en nosotros mismos, que entender que la vida es maravillosa y cruel, y que a veces nos toca ver las dos caras. Y que no se trata de un castigo, ni de una señal, sino de un hecho con el que hay que nos ha tocado lidiar.

Sé que es muy difícil, como todo, y no se aprende de un día para otro ni hay una prodigiosa solución. Es cuestión de trabajar y crear un hábito. Dedicar tiempo a escucharse y a observar los pensamientos sin juzgarlos ni alterarlos, dejando que fluyan delante de nuestros ojos. Dejar a un lado los prejuicios y centrarnos en el presente y lo que podemos controlar. Y este último punto es de los más importantes, porque en general tendemos a quejarnos y a querer cambiar lo que no está en nuestras manos. Si no podemos cambiarlo, hay que aceptarlo y adaptarse, y trabajar sobre aquello que nosotros sí podemos controlar.

Esto trae a mi cabeza una reflexión que lanzaba Victor Kuppers durante el confinamiento. Decía algo así como: “todo esto lo vamos a recordar el resto de nuestra vida, la pregunta es ¿Cómo quieres que te recuerden?”. Y esa a mí me parece una pregunta muy potente para hacerse a uno mismo, porque no creo que nadie quiera que le recuerden como alguien que estuvo malhumorado, apesadumbrado y pasivo, sino como alguien que estuvo alegre, aprovechando el tiempo con los suyos, empático y positivo. Para conseguirlo tenemos que centrarnos en lo que realmente importa, en el ahora, preocupándonos por lo que depende de nosotros, en lo que podemos aportar y podemos controlar, y no dejándonos llevar por el qué pasará ni por el por qué ha pasado.

Pero nuestra resiliencia también se trabaja actuando sobre nuestro entorno. Cultivando nuestras amistades, rodeándonos de personas que mantienen una actitud positiva ante la vida, que saben escuchar y nos generan confianza. Y desde luego, evitando a todos aquellos que solo se quejan, son destructivos, todo les parece mal y sólo nos generan ansiedad y mal rollo. Tenemos que crear un entorno que en momentos de necesidad nos apoye y nos ayude a superar situaciones de las que solo es mucho más difícil salir. Personas a las que poder contar un problema que afecta a nuestro bienestar, porque no hay nada peor que la represión emocional.  E igual de importante que es rodearnos de un entorno correcto, es trabajar y practicar la empatía para con los demás. Para vivir con alegría, la manera más fácil y eficaz es ser amable con los demás. Porque ayudar a los demás nos hace sentir mejor. De igual forma que ser mala persona sólo nos hace sentir peor.

Malgastamos mucha energía y mucho tiempo de nuestra vida en quejarnos, cuando eso no nos aporta nada ni vamos a conseguir nada. Nos rodeamos de gente destructiva que nos llena la cabeza de basura y que nos acaba contaminando y llevando hacia calle de la amargura. Nos olvidamos de un principio básico, y es que si no tienes nada bueno que decir, no lo digas, salvo que para la otra persona sea bueno escucharlo.

Fortalecer nuestra resiliencia implica trabajar un plan más amplio y que abarca otras facetas además de nuestras emociones y nuestro entorno, y que está interrelacionado con nuestro bienestar. Por eso, cuando las empresas se plantean implantar acciones que mejoren el bienestar de los empleados, tienen que tener también en cuenta que están mejorando la resiliencia de sus empleados y por ende, la de la propia empresa y su supervivencia futura. Y que trabajar el bienestar y la resiliencia de sus empleados no tiene que ver solo con hacer deporte o comer sano, que también, sino con otros muchos factores, que trabajados de forma conjunta e integral consiguen resultados excepcionales.

 

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